“Si yo puedo, vos también” por A. “el wacho” de San Martín.

Bueno, le voy a contar un poco de mi vida, la cual era la de todo pibe de barrio. En ese entonces Iba a la escuela, ayudaba a mis viejos, jugaba a la pelota en la plaza, estaba en la calle con los pibes, entre otras cosas. Yo soy de Villa Linch, un barrio de San Martín, un barrio común y corriente, con pibes en la esquina, escuela, plazas, policías y robos. Muchas veces veía asaltos y cuando lo veía decía: “cuando sea grande no voy a hacer lo mismo”.

Lo cierto es que vivíamos con lo justo. Es que como a toda familia humilde no le alcanzaba la plata y yo veía a mis padres cansados de tantas cosas que hacían por mis hermanos y por mí. Mi viejo era el albañil y, por su profesión, estaba todo el día afuera. Mi viejita intentaba cuidarnos a nosotros. Yo los valoraba, pero la plata nunca alcanzaba. Mi infancia fue dura, como la de todo pibe humilde.

Por aquel entonces, mi vieja fumaba mucho, la veía todo el día con un pucho en la mano. Al tiempo se empezó a enfermar y meses después murió. Fue durísimo, yo era un guachin de once años y a esa edad uno le cuesta entender las cosas, pero bueno seguí. Qué iba a hacer.

Mi viejo trató de que sigamos en la escuela y yo lo ayudaba con el trabajo que tenía en las obras: le llevaba la arena, le pasaba la masa y todo lo que él necesitaba. Fueron varios meses. La guita tampoco alcanzaba pero yo me sentía contento, ayudaba a mi viejo y me ayudaba a distraerme para superar la ausencia de mi vieja. Pero al tiempo, las cosas empeoraron.

Un día de verano, yo ya tenía doce años, mi viejo se levantó como todos los días a trabajar, pero ese día sintió mucho dolor en el estómago, fue al hospital, se hizo un par de estudios y le diagnosticaron lo peor que lo podía pasar: cáncer de estómago. A partir de allí, vinieron cinco meses muy duros, mi papá estaba muy flaco, había perdido mucho peso, no podía ni comer. Lo cierto es que esos días nos la pasamos en el hospital. Mi viejo no podía trabajar y el chelo, mi hermano mayor, se hizo cargo de mí y mis hermanas.

Un sábado mi viejo se fue a lo mi tía. Esa tarde me dijo:

-“Negro me voy a dormir a casa de la tía, no quiero estar acá”.

– “Bueno” le dije.

Agarré sus cosas y lo acompañé. Todo parecía normal. Yo me volví a mi casa que estaba a media cuadra y me fui a dormir. A la mañana siguiente, me despierto en mi casa escuchando llantos, voy al patio y me encuentro a todos mis familiares reunidos y desconsolados: “¿Qué pasó acá?” pregunté. Me miraron. Vino mi hermana más grande y me dijo: “Wacho papá falleció”. Me quedé helado. No entendía nada, había estado unas horas atrás con él y me puse a llorar con ellos. Fue uno de los días más tristes de mi vida…

Estaba hecho pelota…. Por dentro me decía que ya no me quedaba nada, era todavía un guachin de sólo doce años y sin papá ni mamá… y bueno, a partir de allí me empecé a perder y así arrancó mi vida con la delincuencia…

Al poco tiempo, me empecé a juntar con pibes más grandes que andaban en la droga y robando piola. Me empecé a drogar, veía que esos pibes tenían plata, autos, relojes, cosas que yo no tenía. Me dije por dentro: “Wacho vos podes tener lo que tienen ellos”.

Nos juntábamos siempre en la esquina de casa y de ahí salíamos. Un miércoles de invierno, uno de los pibes no vino a la esquina y los otros que estaban conmigo se iban a robar, y les faltaba uno. Me dijeron: “wacho vos queres ir?” y ahí vi una oportunidad que no la tenía que dejar ir. Y bueno yo estaba medio nervioso, porque no sabía con qué me iba a encontrar adentro de la casa que íbamos a robar, pero fui igual total tenía trece años, no tenía nada que perder y ya había dejado la escuela.

Fuimos. Estaba muy nervioso, los pibes me preguntaron:

-“ ¿wacho estas bien?”

– “Si compa, a mi me da al pecho” le respondí.

Lo cierto es que yo por dentro estaba más o menos. Y cuando le dije que estaba todo bien, los pibes me felicitaron diciéndome que “ésa era la actitud que tenía un guacho chorro”. Y Bueno así hice mi primer escruche.

Entramos en una casa piola en Santos Lugares. Salió todo bien. Hicimos una repartija de la cosas que habíamos robamos. Y en ese momento me dije por dentro “no fue tan difícil”. Y bueno me fui a mi casa, andaba con un poco de plata y al otro día  me fui a comprar algo de pilcha. Me compré unas zapatillas, un par remeras y camperas en el Unicenter de San Isidro. Y la otra plata que tenía la pasé a mi hermana más grande que tenía  a mi sobrinito de  dos años.

Le dí a mi hermana los billetes y le dije:

-“Esto es para vos Andrea, anda  y comprate cosas para vos y tu nene”.

Ella en ese momento no entendía nada, me miro raro y me dijo me dijo:

– “ Eu pibe ¿De dónde sacaste esta plata?!!!”.

-“Eso no importa, sólo tenes que ir a comprar cosas para ustedes”, le respondí.

Y bueno así fue mi vida en ese tiempo, fueron pasando los años y yo iba creciendo, seguía robando, me compré mi primer fierro, de vez en cuando me agarraba a tiros con la policía y a los quince años caí, por primera vez, en una comisaría. Entré por “robo calificado”, me agarraron con una pistola y una moto. Y a los otros pibes que estaban conmigo los agarraron con dos autos robados.  Ese día la policía nos mató a palos y terminamos muy lastimados.

A las horas,  mi hermano más grande me fue a retirar. Recuerdo que esa noche me decía:

        -“Guacho, mirá como estás, estás re empastillado”

-“Vos no sos nadie para decirme algo a mi!”, le respondí queriéndome hacer respetar y medio enojado.

Y bueno, cómo todo hermano mayor quiere lo mejor para sus  hermanitos, lo entendí pero no le hice caso: al tiempo caí de nuevo por robo.  Esa vez caí con mi primo y un amigo. La policía nos dio fuerte ese día. Los bastones iban y venían. Nos lastimaron de nuevo, yo no quería que vengan más, estaba todo ensangrentado.

Al rato, me llevaron a un lugar, no tenía idea a donde me habían trasladado. Parecía como un hogar de menores o algo así. Me dejaron encerrado. No entendía nada y empecé a patear la puerta. “Nene quédate tranquilo que en media hora te largo”, me dijo una señora grande que estaba ahí. Y bueno el tiempo no pasaba más, pero después vino la señora, abrió la puerta, y me dijo: “Pibe andá” y me soltó.

A penas me largaron, salí a la calle. No entendía dónde estaba. Estuve caminando como tres horas, no llegaba más a mi casa.  Me di cuenta que estaba por la ruta ocho y al rato me ubiqué.  Por fin llegué a casa y mis hermanas me preguntaban dónde me había ido y yo no contesté nada. No quería que se enteren.

Más tarde, fui a avisarle a mi tía que mi primo, “el flaco”,  estaba preso en la comisaría primera de San Martín. Mi tía es una persona muy buena y se preocupa por todo. Cuando le dije eso, salió rápido. Yo le mandé un par de cigarros y  algo para que coma. Fue una noche muy larga.

Una noche de junio de 2015, habían pasado cuatro meses desde que mi primo había encanado. Esa noche estábamos con los pibes y unas guachas en la esquina de casa y se acercó el Gastón y me dijo: “Wacho en la joda de acá la vuelta está la bronca de tu primo”. Y bueno, no me iba a quedar atrás, así que fuimos.

Me encontré cara a cara con ese loco, era de otro barrio. Yo tenía que vengar a mi primo que estaba preso y me la mandé: esa noche caí preso por tentativa de homicidio y robo calificado.

La policía me detuvo y en unas horas me llevaron a cuerpo médico, estuve toda la noche en la comisaría, y al otro día bajé a declarar. Así comenzó mi vida “con la justicia”.

Era un lunes de invierno en los tribunales de San Martín, hacía mucho frío. De repente, vino una mujer bien vestida y me dijo: “Hola mi nombre es María, soy tu defensora, quédate tranquilo que hoy te vas a tu casa”. Yo no quería saber nada. Ese día, seguí su consejo y me negué a declarar, y el fiscal -un pelado, viejo y petiso- me dijo “pibe vos no te vas a ningún lado,  sólo a un instituto de menores”. Lo miré raro. Al rato me esposaron y me subieron a un patrullero de traslado. Y bueno yo no me imaginaba cómo era eso, ni qué vendría. En fin, hice más dos horas de viaje y llegamos a destino: el instituto el Dique de La Plata.

Al llegar no sabía que había al otro lado de un paredón gigante. “Bueno, vamos a ver qué onda, cómo es” me dije a mi mismo. Entré a caminar por un pasillo grande, me atiende un chabón  que trabaja ahí (un maestro) y me dice:

      -“Pibe, esto es un instituto de menores. Se hace lo que nosotros decimos. Dame toda la ropa que te tengo que requisar”.

Yo no sabía ni entendía nada y al rato el loco me dice:

-¿Guacho vos tenes preventiva?

        -¿Qué es eso? Le pregunté tranquilo pero pensante.

       – “Uh! Este pibe no entiende nada, encerralo en buzones” – dijo el maestro.

Estuve dos semanas adentro de buzones. Esos días se hacían eternos, me volaban la cabeza. No se me cruzaba otra cosa más que mi familia por la mente. Era una pieza de dos por dos, sin tele, sin luz, era como vivir en un infierno.

Al otro día tuve comparendo, llegué al juzgado estuve un rato largo esperando que me atiendan. Escuché que alguien gritaba mi apellido. Era mi defensora, se acercó y me dijo:

-“Le vas a tener que firmar una preventiva de 180 días

-“ Y…. bueno” le dije sin entender bien lo que me decía.

Yo de la justicia no entendía nada. Era mi primera experiencia, no sabía ni donde estaba parado. Volví al instituto, el viaje se hizo eterno. Al fin llegamos. Los maestros me dijeron:

“y guacho…¿cómo te fue?”.

– “Lo único que entendí es que le tenía que firmar una preventiva de 180 días”, le contesté.

El maestro me miró y me dijo: “Ahora te va a atender el director”.

Me atendió en su oficina. Era una chabón alto. Parecía medio ortiva. Entre en su despacho y me dijo:

-“Bueno Wacho agarra tus cosas que te vas a un pabellón”.

El director ese día me dijo cómo manejarme y las reglas del instituto. Y bueno no sabía lo que me iba a tocar en los pabellones. Me llevaron al pabellón izquierdo, a la celda tres. En ese lugar había pibes de todos lados. Yo para ello era un ingreso: me preguntaban de dónde era y le dije que de San Martín. Me preguntaron por qué caí. Les conté mi causa: tentativa de homicidio y robo.

-“Ah bien” me dijeron como aceptándome.

Así fueron pasando los días, ya le llevaba un mes y dos semanas. Un día estaba engomado y un pibe me viene a pedir zapatillas para su visita. Y yo le dije que sí. Terminada la visita se las fui a pedir para que me las devuelva y el pibe me dijo:

          -“Bueno guacho. Estas zapatillas son mías ahora, si las querés las vas a tener que pelear”.

-“Está bien, cuando salga de recreación las vamos a pelear, yo no soy ningún gil”, le respondí queriéndome hacer respetar.

Al otro día, escuché a los maestros que venían a desengomar las piezas, yo estuve pillo y me dije por dentro “bueno, ahora la pudro cuando salga”. Al toque hicieron “el levante” (que es cuando los maestros vienen a abrir las piezas), nos fuimos a higienizar, desayunamos, me crucé al guacho y  lo invité a pelear.

Nos agarramos a piñas en la recreación. Nos dimos piola. Al rato vinieron los maestros, escucharon la pelea: “ah ustedes se están peleando, ahora cada uno a su celda”.

Al otro día, después que pasó todo, me lo crucé por el pasaplatos y  me dijo:

    -“Bueno guacho quería ver si te parabas de mano. Esto es tuyo”, y me las devolvió.

Y bueno así hice dos años y un mes en el Dique. Un día ingresó un pibe de La Plata. Le preguntamos de dónde era y me dijo de Los Hornos. Le pregunté por qué estaba. “Por robo”, respondió. El pibe que estaba conmigo le estaba haciendo “la charla” y el pibe dijo que era “rastrero”. Se entregó solo. Le empezamos a dar un par de piñas, lo sacamos para afuera de la recreación, vinieron los maestros y dijeron: “todos engomados”. Al rato viene el director y nos saca a hablar por celda. Y me dijo:

-“Pibe vos ya tenes 18 años, no tenes que estar acá. Te voy a sacar de traslado”.

Bueno, hace lo que tengas que hacer y no me digas nada”, le respondí enojado.

Pasó el día, llegó la comida. Era de noche. Comimos, nos bañamos y nos engomaron. Estábamos dentro de la celda jugando un truco. De repente se escucha que estaban desengomando los candados, eran los maestros. Se acercó uno y me dijo: “Guacho te llegó el traslado”.

Preparé mi mono y le pregunté a donde me mandaban. Ninguna sabía. “Dale que te espera el traslado”, me insistía otro maestro.

Y bueno seguí. Al rato, me subo a la camioneta y le pregunto al conductor: “¿maestro para dónde voy?”.

El loco que manejaba, me mira, se ríe y me contestó:

– “Para el COPA. Esta bueno ahí. No te vas a querer fugar eh! que no te falta nada guachin!” me dijo de manera amistosa.

-“Ah bueno, vamos a ver qué onda el COPA” le respondí como riéndome.

Llegué al COPA. Me recibieron los maestros. Uno parecía buena onda. Se acercó y me dijo:

– “Bueno negro, acá esta piola el lugar, aprovecha la oportunidad”.

 –“Maestro a qué pabellón me llevan?”, le pregunté.

– “A la habitación cuatro del norte”.

Y bueno ya hace diez meses que estoy acá…. En el medio firmé un abreviado. Seguí lo que me dijo mi defensora. Nunca entendí bien que era. Solo sé que me dieron cuatro años de prisión.

En fin, por medio de este cuento les conté un poco de mi vida. En total ya llevo dos años y once meses que estoy privado de mi libertad. No me queda mucho. Ahora estoy esperando que el juez me deje ir a vivir a lo de mi hermano cuando salga. Pidió un “ambiental”. Tampoco entiendo mucho que es bien eso. Lo único que sé, es que cuando salga voy a aprovechar el tiempo perdido. Sin dudas.

No es nada lindo estar acá dentro. Hay mucha maldad en general, mucha envidia entre los pibes, muchas broncas y tampoco está bueno hacer sentir mal a una persona que te quiere. Ahora cuando salga tengo otro  pensamiento. Tengo muchas ganas de recuperar el tiempo perdido,  y eso que  perdí mucho tiempo de mi vida acá dentro.

Yo le digo al pibe que este leyendo esto que piense dos veces antes de actuar. Que no es lindo ver a una madre llorando porque no se imaginan cuanto sufre, y  eso que eso que yo no lo viví porque mi vieja murió ante que cayera en cana, pero no está bueno ver como en todas las visitas las madres de mis ranchos se van llorando. El dolor lo siento como propio. Les digo este humilde consejo sabiendo que no soy nadie para decirle nada a nadie, pero soy un pibe que las vivió todas.

Me falta mucho por delante todavía. Tengo 19 años.  Pero si vos estas leyendo esto y no vivís en la pobreza que me tocó vivir, te digo una cosa: pensá dos veces también. Por eso también intento dejarle un mensaje a la sociedad: “abran la mente que sí ayudan a la gente pobre, va a haber menos pibes que le falte un plato de comida”. En el barrio hay muchos guachines buenos, pero ojala reciban más ayuda porque no esta bueno que terminen como yo, viviendo su adolescencia tras las rejas.

Muchas gracias a todos por su atención, y… “si yo puedo, vos también!”.

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Por A. el “Wacho” de San Martín

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